Imagina que todo el mundo tuviese acceso a fisioterapia y ejercicio durante el tratamiento del cáncer

Imagina que cada paciente con cáncer, sin importar su lugar de residencia o nivel socioeconómico, pudiese recibir atención fisioterapéutica y una prescripción personalizada de ejercicio físico como parte integral de su tratamiento. ¿Cómo cambiaría eso su pronóstico? ¿Su calidad de vida? ¿Su recuperación?

La ciencia nos está dando cada vez más razones para creer que el ejercicio no es solo una herramienta de bienestar general, sino un pilar terapéutico activo en la lucha contra el cáncer. Y lo más fascinante: parte de esta evidencia se basa en un viejo conocido del metabolismo, el lactato.

El lactato: de villano a protagonista

Durante décadas, el lactato ha sido injustamente señalado como un “residuo” del ejercicio, el culpable de la fatiga muscular. Hoy sabemos que no solo no es un desecho, sino que juega un papel central en la comunicación metabólica del cuerpo. Y en el contexto del cáncer, esto se vuelve especialmente interesante.

Las células tumorales tienen una particularidad: prefieren obtener energía mediante la glucólisis anaeróbica, incluso en presencia de oxígeno. Este fenómeno, conocido como el efecto Warburg, hace que las células cancerosas produzcan grandes cantidades de lactato. Este lactato no solo es una consecuencia metabólica, sino que favorece un microambiente ácido e inflamatorio, que promueve la progresión tumoral, la evasión inmunológica y la metástasis.

Pero aquí viene el giro: el ejercicio físico induce una producción controlada de lactato en el músculo esquelético, que no solo se maneja eficientemente, sino que puede competir con el lactato tumoral. Además, el entrenamiento físico mejora la capacidad del cuerpo para reciclar lactato como fuente de energía y modula vías metabólicas que pueden inhibir indirectamente el crecimiento tumoral. (Fuentes: Fissac, Ejercicio físico y cáncer: de la prevención al tratamiento)

¿Y la fisioterapia?

La fisioterapia oncológica es todavía un lujo para muchos, y debería ser parte del tratamiento. Una buena intervención fisioterapéutica no solo se centra en la movilidad, la fuerza y la prevención de secuelas físicas del tratamiento. También puede guiar de forma segura y personalizada la inclusión del ejercicio terapéutico en un paciente con fatiga, dolor, neuropatía o debilidad muscular, mejorando así la confianza y seguridad del paciente y disminuyendo los miedos.

Los fisioterapeutas tienen el conocimiento para adaptar el tipo, la intensidad y la progresión del ejercicio según el estadio de la enfermedad, el tratamiento recibido y la condición general del paciente. Este acompañamiento no solo mejora la adherencia, sino que reduce el aislamiento, la dependencia y el temor a hacerse daño.

Un nuevo paradigma en la lucha contra el cáncer

Hoy sabemos que el ejercicio tiene efectos antiinflamatorios, inmunorreguladores y antitumorales. Se ha demostrado que practicar ejercicio durante el tratamiento mejora la tolerancia a la quimioterapia, reduce los efectos secundarios y, en algunos tipos de cáncer, mejora la supervivencia.

Entonces, ¿por qué no está al alcance de todos? ¿Por qué no hay programas integrales en la salud pública que integren a oncólogos, fisioterapeutas, nutricionistas y especialistas en ejercicio? Imagina un sistema de salud que priorizara estos enfoques. Imagina lo que podríamos cambiar.

El futuro es interdisciplinar

El cáncer no es solo una enfermedad celular; es un proceso que afecta cada aspecto de la vida. Y así debemos abordarlo: desde lo médico, pero también desde lo funcional, lo metabólico, lo psicológico.

Dar acceso universal a la fisioterapia y al ejercicio no es solo una cuestión de salud, es una cuestión de equidad. Es reconocer que el movimiento también es medicina. Que el movimiento, incluso en medio de un huracán como el cáncer, puede ser parte de la cura.

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